viernes, 28 de noviembre de 2014

La contaminación lumínica navideña
me ha sorprendido con ropa veraniega.


No sé si es cosa del cambio climático,
o del fervor consumista coyuntural
que año tras año
intenta anticiparse todavía más
en el calendario.


Apenas distingo los maniquíes
de los transeúntes
pasmados ante los escaparates,
mientras me pregunto si alguna vez
llegamos al empacho
de tan frívolo derroche.


Recuerdo como Nietzsche decía:
“cuantos hombres se precipitan a la luz;
no para ver mejor, sino para brillar”:
Pero ahora nos precipitamos a la luz
para malgastar,
ya sea el dinero,
el tiempo,
o la vida.


Y al final me siento una estúpida luciérnaga
entre un enjambre de polillas
incapaces de alzar del suelo
sus rodillas.

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