lunes, 5 de mayo de 2014

Cómo nos venden la moto... Y nos rebelamos tan poco.



Aldous Huxley llegó a preguntarse si la Tierra era el infierno de otro planeta. No sé si será el infierno, pero desde luego que no es el paraíso que los neoliberales vaticinaban con la consagración del capitalismo más voraz y descontrolado. La integración de empresas en gigantes conglomerados es el pan de cada día y no parece que el Estado esté dispuesto a plantar cara a estos mastodontes empresariales. Más bien prefieren acomodarse en su poltrona y ser partícipes de la vorágine capitalista desde la posición privilegiada que supone ostentar el poder y formar parte de la élite mundial. Los principales líderes políticos son cómplices de la decadencia del sistema económico ya que con sus políticas de laissez faire allanan el terreno para que multinacionales y entidades financieras campen a sus anchas a lo largo y ancho del territorio; eso sí, siempre a cambio de jugosas recompensas en las que el dinero negro y el nepotismo están a la orden del día. Pongamos, por ejemplo, a Felipe González como asesor en Gas Natural y José Mª Aznar como consejero en Endesa; y no, no ha sido su virtuosismo como políticos el que les ha conducido hasta allí sino más bien una continua genuflexión ante las exigencias del capital energético –entre otros–.

Aunque sino podemos fijarnos en los países tercermundistas, donde los principales dirigentes políticos están supeditados a las premisas económicas dictadas por los países primermundistas; la colonización se mantiene en pleno siglo XXI, pero esta vez la represión y el expolio de recursos en dichos países es camuflado bajo la falsa benevolencia del neoliberalismo y su eterna promesa de construir puestos de trabajo y fomentar el desarrollo económico. Un desarrollo económico que, por supuesto, no pasa por la estimulación de modelos educativos o sindicales que favorezcan la emancipación de estos países sino más bien alimentar su dependencia. No es de extrañar que las descentralizaciones, con tal de reducir costes, se dirijan hacia los países menos desarrollados aprovechando las pésimas condiciones laborales. Y en esta síntesis sobre colonialismo neoliberal podríamos hablar de los magnicidios de presidentes como Patrice Lumumba y Salvador Allende en pro de los intereses oligárquicos o la constitución de Ghana como vertedero electrónico de Europa, pero no quisiera demorarme en exceso ni ser redundante.  

Para que estos tejemanejes estructurales del sistema no ensombrezcan el paraíso artificial en el que vivimos –claro está, siempre y cuando pertenezcamos al afortunado 20% de población que vive del 80% restante– es necesario que el Estado y los poderes fácticos pongan en marcha su maquinaria de propaganda. Uno de los engranajes que juega un papel fundamental en la construcción de la opinión pública son los medios de masas como instrumento de alienación. El supuesto discurso crítico del que hacen gala es substituido –desgraciadamente cada vez más– por un excesivo fetichismo de la imagen que, sumado a los mensajes simplistas y sensacionalistas, acaban embotando la mente del espectador. Esta tendencia ha llegado hasta tal punto en que el espectador se muestra satisfecho únicamente con la obtención de la información y cualquier juicio más allá del enfoque presentado por el medio parece superfluo o profano. El ejemplo más evidente y de rabiosa actualidad lo encontramos en el conflicto de Ucrania: los medios occidentales ensalzan a bombo y platillo la revolución iniciada en las calles y la posterior deposición de su corrupto presidente; realidad que no dista mucho de la española, aunque en este caso los grandes medios intentan desdibujar el peso de la protesta social e incluso llegan a criminalizarla en un claro gesto de connivencia con el poder político. Recordemos sino la portada del diario ABC del 11 de mayo de 2011, que llamaba “Fuera de ley” a las acampadas pacíficas del 15-M mientras que la del 23 de febrero de 2014 decía “La calle se impone en Ucrania”. Viva imagen de que los intereses geopolíticos de la OTAN acaban supeditándose a la profesionalidad periodística de los mass media.

Por otro lado, no debemos obviar que la educación está inexorablemente relacionada con la lógica capitalista y que, cada vez más, la consigna  de “educación pública y de calidad” parece tener sus días contados. Así pues, el sistema educativo empieza a regirse por una lógica mercantilista en la que prima la rentabilidad económica por encima del valor formativo y que a la larga puede conllevar que estudios con poca demanda o salidas profesionales sean suprimidos o minimizados. Aunque esta realidad todavía no parezca latente en la comunidad estudiantil, lo cierto es que ya se han producido algunas reformas sustanciales, como la integración de las empresas en el Consejo Social de las universidades, llegando a tener mayor poder decisorio que los propios estudiantes. Ya una vez monopolizado el conocimiento y dominada la esfera mediática es sumamente fácil controlar la opinión pública a su antojo.

¿Y qué decir de los sondeos, la publicidad y el márquetin como edificadores de lo que Ignacio Ramonet define como “pensamiento único”? El individuo, concebido como mero consumidor, es bombardeado con infinidad de anuncios que pretenden generar en él una necesidad intrínseca de adquirir un producto por estúpido o innecesario que sea. Desde las escuelas de márquetin y publicidad se orquestan todo tipo de estrategias con las que inducir a la compra a través del subconsciente; ni siquiera las ruedas de los carritos de la compra escapan de la lógica marketiniana y están orientadas hacia un lado con tal de dirigirnos hacia los estantes, donde los productos más caros se sitúan estratégicamente a la altura de los ojos.

La publicidad también juega con el subconsciente y apela a emociones que poco o nada tienen que ver con el producto, llegando incluso a fomentar  patrones de conducta o estereotipos que van en detrimento de la sociedad, como los arquetipos de belleza y estilismo impuestos desde las revistas de moda o el uso recurrente del erotismo femenino como atractivo publicitario. También es desdeñable el efectismo con el que asocian los productos; la publicidad paulatinamente va perdiendo el enfoque funcional y tiende cada vez más a la exaltación de las emociones. Ya no se compra un simple vehículo o refresco sino que a éste se le vinculan conceptos tan genéricos e intangibles como la libertad o la felicidad.

Además, la publicidad también se usa como elemento de control mediático ya que las grandes multinacionales se publicitan en los medios de masas con tal de conseguir hegemonía e impunidad mediática, de manera que se aseguran que los canales en los que insertan sus anuncios sean reticentes a publicar informaciones contrarias a sus intereses. En este caso recuerdo como Televisió de Catalunya mantuvo un bochornoso silencio mediático en torno a la multitudinaria cacerolada que se realizó frente a la sede de La Caixa, principal patrocinador del telediario catalán y que amenazó con reducir su publicidad en caso de emitir dicha manifestación.

Antes de concluir me gustaría remarcar que, aunque mi comentario parezca una diatriba apocalíptica, me dirijo hacia los principales estandartes de la decadencia global que, siguiendo la lógica de maximizar beneficios e ir ascendiendo en la escala social, han sepultado al olvido el respeto por el ser humano y la naturaleza en su interminable pugna lucrativa. Pymes y autónomos, al fin y al cabo, solo son la base de una pirámide en la que los desmanes económicos de las grandes corporaciones y entidades financieras acaban repercutiendo mayormente sobre las vidas corrientes de un vulgo olvidado que, desgraciadamente, solo es recordado cada cuatro años.

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