domingo, 30 de marzo de 2014

Miles y miles de años de incesante evolución y todavía somos incapaces de respetar las culturas y creencias ajenas sin caer en el etnocentrismo y los prejuicios que subyugan unas civilizaciones a otras. Nuestro falso progreso sigue avasallando y asesinando los últimos vestigios de civilizaciones ancestrales en la interminable escalada lucrativa del capitalismo. Desheredados de sus tierras a manos de multinacionales y Estados, los indígenas se ven abocados a un triste desenlace: o bien plantar cara con sus armas rudimentarias y morir dignamente, o bien ser inadaptados dentro de un sistema del que no quieren ser partícipes y que en la mayoría de casos les conduce al alcoholismo o al suicidio mientras conviven en chabolas de la periferia que el Estado les ha ofrecido –¿acaso hay posibilidad de renuncia?– a cambio de desalojar sus tierras.

Deberíamos de aprender más de los aborígenes y no ser nosotros quien paternalmente pretendamos “civilizarlos” y amoldarlos al pensamiento único, cada vez más extendido con la globalización; probablemente no quieran hipotecarse de por vida, ni lograr la fama, ni poseer propiedades privadas, ni siquiera tener una rutina laboral de ocho horas diarias a cambio de un salario fijo con el que comprar bienes insípidos que camuflen el vacío existencial.

Mientras el pulmón del mundo sigue desangrándose por culpa de madereros, cazadores furtivos, buscadores de oro… Indígenas, como los awás, conviven en pleno equilibrio con la selva amazónica: las crías huérfanas de los animales que han cazado son amamantadas por las propias mujeres de la tribu, que cuidan de ellas hasta que pueden valerse por sí mismas. Este gesto de reconciliación con la madre naturaleza denota una pureza que nuestra sociedad ha ido perdiendo al mismo tiempo que la larga sombra del ego y la codicia ha empañado nuestra bondad innata.

Gauguin huyendo a Tahití para dejar atrás artificios y convencionalismos, tal y como hizo mucho antes Tolstói, renunciando a su condición de noble para vivir en el campo simple y llanamente, o el esquizofrénico Artaud redimiéndose con la tribu de los tarahumaras… Son tan solo algunos de los grandes genios que arremetieron contra el ideal de progreso y defendieron la necesidad de retornar a nuestras raíces ancestrales, a la  esencia del espíritu humano. Y es que hemos degenerado tanto nuestra particular visión del mundo que el beneficio propio impera por encima del colectivo. Individualismo crónico que contrasta con los indígenas, viviendo unidos bajo la única premisa de buscar la máxima felicidad para todos. Ritos y mitos sirven para cohesionar más que para dividir y la figura del anciano es la del maestro, la voz de la experiencia. Voces de la experiencia que nosotros condenamos a marchitarse en geriátricos mientras son diezmadas por enfermedades inexistentes en los pueblos aborígenes.

El racionalismo y el avance tecnológico nos han llevado a la deriva existencial. Ya no contemplamos la naturaleza y el cosmos como nuestra auténtica razón de ser sino que hemos acabado siendo esclavos de nuestro propio artificio, en el que la propiedad privada, el dinero y el poder han sacado a relucir la más miserable faceta del ser humano. Ostentar y asemejar son las acciones más recurrentes en nuestro día a día, pero seguimos congratulándonos de pertenecer a los –mal llamados– “civilizados”.

¿Civilizados? La Tierra se despedaza a un ritmo frenético a manos de multinacionales que solo entienden de beneficios mientras la industria armamentística consigue crear armas todavía más mortíferas con las que atemorizar a la población civil. Las guerras llenan los bolsillos de empresarios y políticos que cínicamente intenta justificar las muertes inocentes bajo el nombre de la paz. No es de extrañar que los países más pobres e indefensos siempre sean carne de cañón a la hora de padecer ofensivas militares por parte de las potencias económicas. Expoliar sus recursos y reprimir a su población mientras los medios de masas conducen la opinión pública hacia los intereses del mejor postor.


Hemos legitimado la decadencia de la especie humana, porque, tal y como dijo Artaud, “La vida moderna está atrasada con respecto a algo y no los indios tarahumara con respecto al mundo actual.”

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