lunes, 7 de octubre de 2013

Reflexión sobre la tragedia de Lampedusa


Cada día se engorda la lista de inmigrantes muertos intentando zafarse de la crueldad y miseria de sus países y alentados por un futuro mejor en Europa. Para la televisión la muerte de estos parias no es más que una mera cifra; un dato escabroso que ocupará una pequeña porción en la actualidad mediática y luego volverá a recaer en el olvido hasta que vuelva a suceder una tragedia de magnitud similar (siempre jugosa en términos de audiencia). El otro día eran doscientos muertos, mañana quizá diez, es indiferente. El enfoque social que tenemos de la inmigración es totalmente deshumanizado y carente de sentido crítico. Desde los propios medios de masas tanto como las instituciones públicas occidentales los inmigrantes son tratados indulgentemente como víctimas de su ingenuidad por intentar conseguir su “sueño” (que no es otro que cruzar la frontera). Pero siendo un poco más críticos deberíamos plantearnos hasta qué punto somos cómplices de esta situación.


Multinacionales occidentales expolian sus países, empobreciéndoles paulatinamente, siendo incapaces de gestionar por ellos mismos sus recursos. ¿Pero qué sucede cuando alguno de estos países, mal llamados tercermundistas, consigue que el poder recaiga en el propio pueblo y estas multinacionales expoliadoras ven en peligro sus intereses coloniales? Desde las potencias expoliadoras incitamos el alzamiento de algún dictador, le vendemos armas anticuadas durante el conflicto bélico y una vez ha triunfado le tenemos como monigote pro-occidental hasta que nos interese (¿recordáis a Gadafi?) dejando que las empresas extranjeras roben los recursos a su libre albedrío. Y si la democracia triunfa y sale vencedor un presidente honesto, lo asesinamos en extrañas circunstancias imposibles de aclarar (como pasó con Lumumba en el Congo).

Y cuando no hay armas que vender o recursos minerales que expoliar entonces les ofrecemos la suculenta posibilidad de trabajar en condiciones infrahumanas por un sueldo de mierda (y cuando no en régimen de esclavitud) porque los mismos explotadores ya se encargan de camelar a los dirigentes políticos para que en esos países no prolifere la idea del sindicalismo y el trabajo digno. Y si hace falta matar, matamos. Y cuando no podemos matarlos entonces los criminalizamos. Con qué facilidad se tilda de terrorista a cualquier pobre desgraciado que empuña un arma cuando no tiene ni para comer. Es tan fácil hacer juicios sumarísimos desde la seguridad de un hogar y la estabilidad de un curro fijo…

Que se mueran los inmigrantes, pero que mueran lejos. ¿Esa es la consigna, no? Que se mueran en sus países pero no vengan a estorbarnos nuestra conciencia hipócrita. No queremos ver más cuerpos famélicos peleando por una vida digna, nos enternece demasiado pensar que también son seres humanos. Por eso la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo financia la represión policial en los países de origen, para que sus cadáveres no floten en nuestro mar de la vergüenza y queden enterrados y olvidados para ser pasto del miedo de los que vendrán después.

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