sábado, 29 de septiembre de 2012

7/11/2011


Enciendo el televisor o el transistor y ahí están.

Abro el diario o la carta y ahí están.
Cruzo la calle, observo los carteles y ahí están.
Lemas y palabrería de candidatos esperan dominarnos. Cada cuatro años, en vísperas electivas, brota de la nada la bondad política que antaño parecía inexistente. Y entonces empieza el afán por hacerse querer y agradar al pueblo y a tender la mano a los transeúntes y a endulzarnos los oídos con promesas y a echar la culpa al inmigrante o a la oposición y a prometer trabajo y escucharnos mientras nos tienden una banderita del partido para que la ondeemos con fuerza y sirvamos de bulto en las imágenes del mitin que luego aparecerá en el manipulado telediario al que, por cierto, las leyes  obligan a mantener una cuota en pantalla para los grandes partidos (que sí, son los de siempre). Porque no existen más partidos, ¿eh? Porque aquí el ejercicio político solo se limita a PP y a PSOE. Porque aquí el sistema electoral margina las minorías y solo permite que los grandes partidos sean los que nos escupan y vendan en mercados. Porque, en realidad, no eres más que un producto, un simple votante al que llenar la cabeza de pájaros para que cuando metas su nombre en la urna se olviden de ti.

Así que cuando te estén pisando, masacrándote con su sucia demagogia, prometiéndote mejorar esta mierda, pregúntate: ¿Qué he hecho mal?

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